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Son Rohingya los musulmanes del Rakhine?

Newark, NJ 10.10.2017 Gian Paolo Pezzi, mccj Traducción de: Jpici-jp.org

El Papa Francisco este noviembre visitará Myanmar, en medio de una creciente preocupación por "la persecución de una minoría religiosa, la de nuestros hermanos Rohingya", en su mayoría musulmanes, como lo denunció el mismo Papa. A pesar de todo, la Conferencia de los Obispos de Myanmar le aconsejó que no use la palabra Rohingya, planteando una pregunta: ¿ los Rohingya son víctimas o creadores de problemas?

El 25 de agosto de 2017, el Ejercito de Salvación Arakan Rohingya (ARSA) asesinó unos guardias fronterizos, policías y civiles de Myanmar. La violencia marcó una dramática escalada de un antiguo conflicto. El gobierno de Aung San Suu Kyi envió miles de soldados a los pueblos del Rakhine (antiguamente llamado Estado del Arakan). La represión provocó la muerte de unas 1.000 personas, 147 aldeas vacías y la huida de casi 400.000 musulmanes Rohingya, incluidos 230.000 niños - hacia la cercana Bangladesh. Las imágenes de niños y mujeres escapándose por caminos peligrosos, levantaron la solidaridad de todo el mundo. Un funcionario de la ONU y el ministro de Relaciones Exteriores de Bangladesh lo llamaron genocidio, Caritas Bangladesh se movilizó para ayudar, Estados Unidos pidió la suspensión de la venta de arma a Myanmar. Y sin embargo, cerca de 30,000 budistas y un buen número de hindúes también fueron desplazados, aumentando la impresión de que al sentimiento humanitario se superponía a la dimensión política de la crisis.

Dejemos en claro, que todo sufrimiento humano debe impulsar una respuesta humanitaria de la sociedad mundial. Pero, la solidaridad internacional debe ir más allá, lo que está detrás de estas muertes de Rohingya, conocer las causas y evitar confusiones en la búsqueda de una posible solución.

Los Rohingyas son una minoría de unos pocos millones, repartidos por muchas partes, ciudadanos de ningún lugar, sin patria, sin hogar, sin un nombre. En Myanmar eran un millón (120.000 viven en campamentos, y recientemente 470.000 huyeron a Bangladesh); en Bangladesh son 750.000 y en la India 40.000; 350.000 se encuentran en Pakistán, 10.000 en Emiratos Árabes Unidos y 200.000 en Arabia Saudita. Su presencia en el estado del Arakan se remonta al siglo VIII, cuando llegaron no se sabe exactamente de donde y la ley de Myanmar no los reconoce como una de las ocho "razas nacionales" minoritarias. En 1982, la junta militar declaró que solo aquellos nacidos antes de la ocupación británica de Birmania - esto fue cerca del año 1823 -, serían reconocidos como ciudadanos, cerrando así todo camino hacia la ciudadanía para los Rohingyas actuales.

Sin patria, los Rohingya también carecen de un nombre aceptado y, a nivel nacional, el consenso sobre este tema es total: ¡No hay Rohingya en Birmania!, sino "bengalíes", es decir, ilegales de la vecina Bangladesh traídos al País por la colonizadora británica! Los "nombres" son los que más importan allí. Ni el País tiene establecido su propio nombre: Birmania o Myanmar? Aceptado por la junta militar, el nombre de Myanmar fue rechazado por los activistas demócratas, incluida Aung San Suu, hasta el 2010. El gobierno ha solicitado a la comunidad diplomática e internacional, y a las Iglesias, que NO usen el término Rohingya. Para más, después del ataque de ARSA, para el gobierno, para el partido de Aung San Suu, para el ejército, para la gente mayoritariamente budista, para los grupos estudiantiles que apoyan la democracia y los derechos humanos, y también para los Grupos étnicos armados en lucha contra el Gobierno central, el nombre se convirtió en sinónimo de "terroristas bengalíes". El término Rohingya es sin duda un término político conflictivo.

Proveniente de la palabra Bengalí de Rooganga, el término fue utilizado por primera vez en el siglo XVIII para indicar el dialecto de los habitantes del entonces estado del Arakan. En ese tiempo, los musulmanes compartían la vida con los budistas y un gobernante musulmán hasta extendía su influencia desde Bengala a Birmania, ya que la gente podía cruzar libremente por  fronteras abiertas. Luego, la Segunda Guerra Mundial dividió a la gente de Rakhine: los musulmanes lucharon con los británicos mientras los budistas se pusieron de lado de los japoneses. Después de la Independencia, grupos violentos grupos jihaidista musulmanes pidieron un estado autónomo o de fusionarse con el Pakistán oriental musulmán (actual Bangladesh), lo que Pakistán rechazó. Y desde entonces, la negativa de la comunidad del Rakhine a aceptar el término "Rohingya", y el rechazo igualmente fuerte del término "Bengalí" por los Rohingya, llevaron a un muro contra muro.

Para empeorar la situación, otros grupos musulmanes intentan juntarse bajo el nombre "Rohingya". Legalizando los Rohingyas del Rakhine, traería a Myanmar muchos que se autodefinen Rohingyas de otro país, cambiando así la demografía en el estado de Rakhine: la ya iniciada explosión demográfica de los Rohingyas - había 230.000 niños entre los 400.000 fugitivos - es vista como un deliberado intento de imponer como mayoría a los musulmanes.

El gobierno de Birmania ve, también, como una amenaza un insurgente grupo transnacional de Rohingyas autodenominado Hadaka al-Yawing. Dirigido por un comité de Rohingya de Arabia Saudita, presumiblemente Wahhabits, este grupo ha tenido un entrenamiento internacional en experiencias de guerra moderna con tácticas de guerrillas, benefician del apoyo internacional y cuentan con el respaldo favorable de los musulmanes en el estado del Rakhine. Los grupos militantes del Cachemira y los de Al Qaeda también apoyan a los Rohingya.

Por último pero no por eso menos importante, los budistas en la parte norte del estado del Rakhine, se ven a sí mismos como una minoría oprimida que sufre discriminación, falta de control político sobre sus propios asuntos, marginación económica, abusos de los derechos humanos y restricciones sobre el lenguaje y la expresión cultural. Tenían sus propios grupos étnicos armados, pero después de 2012, con el levantamiento Rohingya, los budistas del Rakhine se han inclinado por un discurso nacionalista extremista.

Mientras la realidad de los Rohingya como apátridas ahonda sus raíces mucho atrás en el pasado, los problemas mundiales de las últimas dos décadas han enredado aún más el problema: la islamofobia del oeste, el tratamiento de las minorías por parte de los países musulmanes, las quejas etno-demográficas y la codicia extranjera por los recursos han empeorado la situación. "China necesita de los recursos de Myanmar", igual que otras corporaciones de una docena de países: Estados Unidos, Francia, Canadá, Japón e India, y así adelante. "Cuando las empresas y los países extranjeros construyen pozos petroleros, plataformas marinas, puertos marítimos, ferrocarriles, autopistas y lujosos hoteles para los trabajadores extranjeros, los pobres nativos deben ser evacuados" (Card. Charles Bo, Arzobispo de Yangon). Y es allí donde los musulmanes Rohingya principalmente están concentrados.

Los Rohingya son vistos como las personas más necesitadas y olvidadas del mundo, apátridas desde hace mucho tiempo, y sin embargo las raíces de sus problemas nunca han sido enfrentadas. Ya es hora de hacerlo, pero ¿cómo? Un comienzo de solución para Myanmar / Birmania y los otros Estados donde los Rohingyas viven podría ser diseñar una hoja de ruta para normalizar su estatuto jurídico. Sin embargo, ¿estaría de acuerdo con eso el clero budista, las monjas budistas y el pueblo budista? Su Asociación para la Protección de la Raza y la Religión (MaBaTha) predica que los Rohingya deben ser eliminados porque son la punta de lanza de una amenaza global de "seguidores de Alá" contra el Budismo, como lo demuestran los talibanes, el Estado Islámico y los musulmanes del mundo entero. Aún más, ¿aceptaría la gente Rohingya hacerse ciudadana de los diversos estados donde viven? ARSA ya ha dado una respuesta negativa con los objetivos de sus ataques.

En medio de este conflicto, ¿qué mensaje llevará allá el Papa en su viaje este noviembre? Por un lado, el gobierno y militares de Birmania, la mayoría de las personas y los líderes de los grupos de derechos humanos, ven la visita del Papa como una bendición para la "paz y armonía", como un paso importante hacia "la paz verdadera, la reconciliación y la justicia". Por otro lado, los partidarios de los Rohingyas esperan que el Papa respalde sus reivindicaciones, y un artículo del New York Times (22 de agosto de 2017) sugiere que la visita del Papa tiene el "riesgo de alimentar la tensión religiosa": cualquier palabra sobre los Rohingyas enfurecería a los nacionalistas que alegando que los Rohingyas son bangladeshíes sin derecho a vivir en el País. Ashin Wirathu, el monje líder del fuerte movimiento MaBaTha, lo dijo claramente: "El Papa piensa que ellos son originarios de aquí. Eso es falso". (The Guardian 29 de agosto de 2017).

Una intervención de las Naciones Unidas (ONU) empeoraría la situación. El Sr. Miroslav Lajčák, Presidente de la Asamblea General de la ONU, declaró en una sesión informativa del 6 de octubre de 2017, que la ONU tiene muchas y sólidas herramientas para abordar al tema de los refugiados de guerra, pero ninguna para los migrantes y aun menos para los apátridas. Y en lo que va, la India ya se ha negado a dar la bienvenida a sus 40.000 Rohingya so pretexto que nada ni nadie puede obligarla a hacerlo. El Papa podrá simplemente repetir lo que Papa Benedicto escribió en su encíclica Deus Caritas est: la caridad es una obligación para los creyentes, la justicia lo es para los Estados; o dirá lo que él mismo, Papa Francisco, ha escrito: "La no-violencia como estilo de política para la paz.  Cuando las víctimas de la violencia vencen la tentación de la venganza, se convierten en los protagonistas más creíbles en los procesos no violentos de construcción de la paz. Que la no violencia se trasforme, desde el nivel local y cotidiano hasta el orden mundial, en el estilo característico de nuestras decisiones, de nuestras relaciones, de nuestras acciones y de la política en todas sus formas". Mensaje para la 50ª Jornada Mundial de la Paz, 1° de enero 2017, n°1  

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