El creciente protagonismo de los países BRICS en el escenario internacional suele describirse en Occidente con un enfoque presuntuoso y superficial, reducido a una amenaza para los valores democráticos de los que nos consideramos guardianes. Sin embargo, esta contraposición ideológica y el dualismo resultante ofrecen una lectura simplificada y limitada, incapaz de captar la complejidad del nuevo orden mundial.
En las últimas semanas me he encontrado siguiendo algunas tertulias televisivas de las cadenas nacionales con más frecuencia de lo habitual. Siempre me sorprende la capacidad de muchos colegas para dispensar «verdades bíblicas» y pronunciar juicios definitivos sobre complejas cuestiones internacionales. Me irrita especialmente la forma pueril y binaria en que se aborda el debate sobre los BRICS. En octubre, con la cumbre BRICS+ celebrada en Kazán (Rusia), se volvió a hablar de este bloque económico-político. Sin embargo, el tema se redujo a una narrativa simplista: «nosotros» democráticos frente a «ellos» autocráticos. Un enfoque miope, incapaz de captar la complejidad y las implicaciones de un fenómeno en evolución que está redibujando los equilibrios mundiales.
Antes de profundizar, conviene recordar algunas cifras. Los BRICS representan el 41% de la población mundial, con más de 3.200 millones de personas repartidas entre sus miembros, China, India, Brasil, Rusia y Sudáfrica. Económicamente, el PIB nominal combinado del grupo asciende a unos 28 billones de dólares (27% del PIB mundial), mientras que en paridad de poder adquisitivo (PPA) se eleva a 65 billones de dólares, lo que representa el 35% de la economía mundial. Con la incorporación de nuevos miembros como Egipto, Etiopía, Irán y Emiratos Árabes Unidos, su peso podría aumentar aún más.
Es evidente cómo los BRICS constituyen un bloque crucial, tanto demográfica como económicamente. Y es igualmente evidente cómo todas las proyecciones, demográficas y económicas, indican que este bloque está llamado a crecer en las próximas décadas.
La visión occidental de los BRICS tiende a enfatizar su valor político, a menudo interpretado como un contrapeso al dominio económico y estratégico de Estados Unidos y Europa. Sin embargo, si se observa el fenómeno desde el continente africano, surge una perspectiva diferente. Aquí, el potencial económico de los BRICS asume un papel preponderante. Para muchos países africanos, importadores netos de bienes esenciales como alimentos y medicinas, la posibilidad de diversificar las divisas comerciales y reducir la dependencia del dólar representa una perspectiva revolucionaria. Y la posibilidad de diversificación que ofrecen los BRICS es vista con gran interés por todo el Sur global, que lidia a diario con los problemas de las «monedas preciosas».
Un ejemplo concreto me lo ofreció una conversación con un empresario africano del sector de la construcción. Me contó cómo la falta de divisas, racionadas por el banco central para las prioridades del gobierno, le había obligado a paralizar obras ya iniciadas. El banco, al no disponer de ellas, aplazó el cambio de la moneda local a dólares, impidiéndole comprar materiales en los mercados internacionales. «Si me ofrecen una alternativa para comprar cemento, la utilizaré inmediatamente», explicó. Esta anécdota refleja una realidad común en muchas economías emergentes, donde la rigidez de los sistemas financieros internacionales es un obstáculo directo para el desarrollo.
En las dos últimas décadas, los intercambios económicos a lo largo del eje Sur-Sur (América Latina, África, Asia) han crecido significativamente. Los BRICS encarnan este nuevo paradigma de cooperación mundial, presentándose no sólo como una alternativa a la hegemonía occidental, sino también como una plataforma para reforzar las economías emergentes. Su proyecto de crear un mecanismo de pagos alternativo al dólar -con instrumentos como el Nuevo Banco de Desarrollo- podría resultar crucial para reducir las vulnerabilidades económicas de muchos países.
Reducir los BRICS a una simple comparación entre «nosotros» y «ellos» no sólo es reduccionista, sino también perjudicial. Un análisis polarizado contribuye a reforzar la propia narrativa de división que se teme, empujando al resto del mundo a buscar caminos alternativos. Por el contrario, es crucial comprender que los BRICS no son una entidad monolítica, sino un fenómeno complejo, expresión de la evolución de las necesidades económicas, demográficas y políticas. Sólo un análisis honesto y profundo puede evitar convertir un desafío en una confrontación estéril e improductiva.
Deje un comentario