Justicia, Paz, Integridad<br /> de la Creación
Justicia, Paz, Integridad<br /> de la Creación
Justicia, Paz, Integridad<br /> de la Creación
Justicia, Paz, Integridad<br /> de la Creación
Justicia, Paz, Integridad<br /> de la Creación

La era del caos

Appunti - di Stefano Feltri 19.02.2025 Manlio Graziano Traducido por: Jpic-jp.org

Ocurre a menudo que a los analistas geopolíticos se les plantea esta fatídica pregunta: «¿Qué va a pasar ahora?», o «¿Cómo acabará?». Por supuesto, «el público de casa» quiere saberlo, y a veces espera ansioso la respuesta. Pero quien responde con seguridad y sin ambigüedades está, en el mejor de los casos, adivinando y, en el peor, diciendo lo que «el público de casa» o el periodista quieren oír.

Sea cual sea el tema de la pregunta, es imposible dar una respuesta clara e inequívoca. Sólo la aritmética ofrece respuestas unívocas; las matemáticas un poco menos, la física aún menos, la biología y la medicina, pues ni hablar.

La política, y en particular la política internacional, se distingue de las ciencias exactas porque no es exacta; es el resultado de una sucesión de procesos que se cruzan entre sí de forma desordenada y de factores materiales e inmateriales, a veces incluso aleatorios, que entran en juego de formas y en momentos imposibles de prever, por no hablar de pre-organizar.

En los meses previos a las elecciones presidenciales estadounidenses de noviembre, me preguntaron varias veces qué pasaría con una presidencia de Trump.

De una cosa estaba seguro, pero esa cosa estaba incrustada en un haz de posibilidades tan amplio que cualquier predicción se hacía imposible; sólo se podía especular, como siempre, pero con hipótesis tan distantes entre sí que al final el resultado era el mismo.

De lo único que me sentía seguro era que Trump sembraría el caos; el manojo de incertidumbres se refería, en primer lugar, al hermetismo del sistema estadounidense de pesos y contrapesos - los contrapesos institucionales y extra institucionales que limitan y controlan a los tres poderes clásicos - y, después, a las reacciones de los mercados y de otros actores internacionales.

Aunque obviamente es pronto para sacar conclusiones, menos de unos meses después de la entrada de Donald Trump en la Casa Blanca podemos tener algunas pistas sobre posibles respuestas.

Fuera de control

La primera es que los controles y equilibrios no están funcionando. Parece que nadie es capaz o está dispuesto a tener bajo control el TDAH (trastorno por déficit de atención con hiperactividad) del que padece el presidente, y mucho menos a ponerle remedio.

Cualquiera que esperara algún contragolpe, o al menos alguna señal de vida por parte de la mayoría republicana en el Congreso, se ha visto decepcionado: un presentador de Fox News se ha convertido en Ministra de Defensa; la presidenta de una federación de lucha libre (y antigua luchadora ella misma), Ministra de Educación; un escéptico de las vacunas, Ministro de Sanidad; un intrigante pro-ruso, Jefe de los Servicios de Seguridad. Todos aprobados por la mayoría republicana en el Congreso. Y, de toda manera, Trump firmó más de 60 órdenes ejecutivas en los primeros veintitrés días de su presidencia, una media de 2,6 al día: a este ritmo, acabaría firmando 3.800 en cuatro años; por comparar, durante los cuatro años de su primer mandato, firmó un total de 220 (Biden firmó 162).

A este paso, el Congreso está destinado a convertirse en una cámara sorda y muda, un vivac de servidores, los mismos, por otra parte, que habían intentado el juego el 6 de enero de 2021 a instigación suya, y a los que ahora ha sacado de la cárcel.

¿Quid de los otros contrapoderes?

El Tribunal Supremo guarda silencio por ahora, pero ya sabemos cuál es su postura. Los medios de comunicación se alinean espontáneamente o son expulsados de las ruedas de prensa. Algunos de los cincuenta estados parecen querer levantar la cabeza; también algunos jueces locales, escandalizados por ciertos decretos «manifiestamente inconstitucionales».

Aparte de Wall Street, con su repentino batacazo tras el anuncio de aranceles contra México y Canadá, y de algunos sindicatos que intentan proteger a las decenas de miles de despedidos por Elon Musk, no muchos parecen capaces o siquiera dispuestos a poner freno al giro antiliberal que Trump había prometido a lo largo de su campaña electoral.

Trump contra Trump

El único contrapoder a Trump es el propio Trump. Puede negarse a sí mismo tres veces en un día sin que ninguno de sus acólitos se lo haga notar, entre otras cosas porque no serviría para nada, salvo para enemistarse con él.

La enfermedad es contagiosa: el presentador de la Fox ascendido a ministro de Defensa, Pete Hegseth, dijo que era improbable que se desplegaran tropas estadounidenses en Ucrania para garantizar un eventual armisticio, excepto que al día siguiente no descartó la posibilidad de que se desplegaran tropas estadounidenses en Ucrania para garantizar un eventual armisticio; entre otras cosas porque el vicepresidente J.D. Vance había hablado en ese sentido, y Hegseth probablemente temía haberse perdido el último cambio de humor de Trump.

Por otra parte, el propio Hegseth dejó claro que «nunca pondría límites a lo que el presidente de Estados Unidos estaría dispuesto a negociar con los líderes soberanos de Rusia y Ucrania», condenándose así a reproducir la veleidad caprichosa de su jefe.

Sobre el hecho de que Trump sembraría el caos, sin embargo, era difícil tener alguna duda. El personaje es conocido desde hace tiempo, y además ha hecho saber explícitamente que utilizaría la presidencia para vengarse de sus enemigos y promocionarse a sí mismo, los dos únicos objetivos en los que es capaz de mantener cierta coherencia.

Es bien sabido que es un mentiroso en serie (durante su primer mandato mintió o hizo declaraciones inexactas cada 69 minutos), pero gran parte de ese incesante estallido de afirmaciones extravagantes se debe simplemente a la ignorancia (como afirmar que España forma parte de los BRICS) y a los efectos del TDAH; en ocasiones, sin embargo, tiene un candor infantil, el mismo que impulsa a los niños a decir en voz alta delante de su tía que esta tía suya es fea.

Por paradójico que pueda parecer a los racionalistas, y escandaloso para los moralistas, la política está mucho más hecha de mentiras que de verdades, les guste o no; pero las mentiras, en política, son útiles cuando son voluntarias, es decir, cuando se prestan a una determinada estrategia; se vuelven deletéreas cuando estallan de unos labios sin control, o se utilizan únicamente para épater le bourgeois, para desconcertar o escandalizar al público y ocupar el mayor espacio mediático posible.

¿Ideas locas?

Dejemos de lado las mentiras, por un tiempo, y detengámonos brevemente en las dos verdades sinceras que han salido de la boca de Trump en la última semana. El inquilino de la Casa Blanca ha dicho lo que muchos sabían desde hace tiempo, pero callaban por razones de conveniencia política y tacto diplomático (dos elementos que el citado inquilino ignora).

El primero es que hay que echar a los palestinos de Gaza, y el segundo es que hay que aceptar los hechos consumados en Ucrania y cerrar directamente el juego con Putin. Quienes hablan de un «cambio drástico» por parte de los estadounidenses, de «sorpresa», de «shock», o son ingenuos o han estado distraídos en los últimos años o, en el caso de los palestinos, en las últimas décadas.

Para los israelíes, que empezaron a expulsar a los árabes de Palestina en 1948, la idea de Trump de deportar a todos los habitantes de Gaza y apoderarse de sus tierras debería sonar cualquier cosa menos descabellada, más aún después de que esos locos de Hamás les ofrecieran el pretexto para empezar a trabajar en esa dirección a gran escala.

Para muchos en Israel, la única manera de eliminar el viejo problema de la coexistencia con los árabes es eliminar a los árabes, ya sea físicamente o forzándolos a marcharse; que la «solución de los dos Estados» no es una solución, y que ni israelíes ni palestinos han creído nunca en ella son muchos los que lo saben, pero pocos los que lo dicen. Trump lo dice, lo reitera y le añade lo suyo, aderezándolo con audaces intenciones anexionistas y fantasiosos proyectos de inversión turística/inmobiliaria, siempre que los paguen otros.

La idea de llegar a un acuerdo con Rusia sobre Ucrania para poner una cuña entre Moscú y Pekín circula en Estados Unidos desde hace tiempo, sin duda desde antes de que Trump entrara en la Casa Blanca. Un Volodymyr Zelensky abiertamente exasperado también tuvo su momento de la verdad en Múnich, confirmando lo que los analistas ya sabían, pero ningún actor político podía decir apertis verbis: que Estados Unidos nunca quiso a Ucrania en la OTAN, ni con Biden ni con Trump. Se sabía porque, en política, utilizar al peón más débil para dar jaque mate al más fuerte es un recurso al que nadie renuncia cuando es necesario.

Se trata de saber hacerlo con arte: cuando los estadounidenses utilizaron a Rusia para mantener dividida a Europa durante la Guerra Fría, les dijeron a los europeos que era por su propio bien; cuando utilizaron a los chinos para contener a Rusia, consiguiendo limitar los daños de la derrota en Vietnam, a cambio le dieron a Pekín el derecho de tanteo sobre Taiwán. El problema es que moverse con elegancia no es el fuerte de Trump.

A pesar de ello, alguien debió pensar que, después de todo, el fin justifica los medios: la creencia del actual presidente de que la política es un asunto de amistades personales y testosterona, y su irrefrenable encaprichamiento con los «hombres fuertes» (o al menos haciéndose pasar por tales), podrían haber sido los medios para el fin.

El cálculo, si es que hubo cálculo, resultó erróneo.

O, mejor dicho, medio equivocado: el acuerdo con Putin podría alcanzarse, pero al mismo tiempo el mundo podría verse arrastrado al pozo de una crisis sin fondo. Y esto simplemente porque la política sigue funcionando según las leyes de siempre, aunque Trump no lo sepa.

Violar las leyes no sólo está condenado por el código y la moral (a menos que uno tenga jueces y curas a su servicio), sino que suele ser peligroso en la realidad: por cierto, cualquiera que se sitúe a más de diez metros del suelo y le dé la mala idea de violar la ley de la gravitación universal puede experimentarlo.

Acción y reacción

Para ser breve, las leyes de la política -como las de la física y, más en general, las de la realidad- deben tener en cuenta los obstáculos, las limitaciones, las condiciones en que se realiza cada acción y sus consecuencias.

Siguiendo con Newton, a cada acción corresponde una reacción, que en política nunca es la misma porque las fuerzas en el campo son siempre diferentes, pero reacción siempre hay. Trump y su pandilla no tienen en cuenta ninguna limitación, ninguna condición, y mucho menos las reacciones que puede provocar lo que se traen entre manos.

Al referirse a William McKinley, por ejemplo, Trump «olvida» uno de esos muchos factores objetivos de limitación: el tiempo.

Olvida que no estamos en 1898 sino en 2025: Estados Unidos ya no es la joven y arrogante potencia emergente que en diez años había logrado superar económicamente a Gran Bretaña y estaba a punto de superarla políticamente, robándole su lugar como potencia hegemónica mundial; en 2025, es una potencia senescente, a punto de perder lo que le queda de posición hegemónica mundial.

El proteccionismo de McKinley sirvió para proteger el auge de la dinámica industria estadounidense de la competencia de la industria británica, más avanzada; hoy el proteccionismo sólo sirve para proteger una renta electoral que de todos modos está corta de aliento, porque el único resultado será hacer subir los precios de los productos en Estados Unidos, o hacerlos desaparecer de las estanterías, sin contar siquiera las repercusiones para la industria mundial, que a los estadounidenses en general parece importarles muy poco.

El concepto mismo de una América grande de nuevo está mal situado: el pasado es pasado para todos, y no va a volver, ni siquiera para un Trump que sigue comportándose como un adolescente malcriado.

Pero lo que más importa del asunto es la reacción internacional. Con el ardid de la deportación masiva de palestinos, Trump ha arrinconado incluso a sus mejores amigos del mundo árabe, instándolos a hacer causa común entre ellos, aunque, en condiciones normales, competirían por tirarse unos a otros bajo el tren. Incluso Arabia Saudí ha redescubierto la «causa palestina», una vieja herramienta de competencia entre países árabes que Riad había descartado durante años, sino décadas.

Proponer deportar a los palestinos y, al mismo tiempo, revivir los infames «Acuerdos de Abraham» con la adhesión de Arabia Saudí es «Querer estar en misa y repicando», como dice el dicho, o, como dicen en Italia de forma más cruda, «querer el barril lleno y la mujer ebria». Seamos claros: si Riad, o Ammán, o El Cairo, o cualquier otra capital árabe supiera cómo deshacerse de los palestinos sin perder la cara interna e internacionalmente, se apuntarían inmediatamente. Pero no es el caso, y ni Riad, ni Ammán, ni El Cairo, ni ninguna otra capital árabe quiere arriesgarse a ver lo qué pasaría si lo hiciera.

La UE puede perder piezas

Para Rusia ocurre lo mismo. Con la debida proporción, los europeos son a Ucrania lo que los países árabes son a la «causa palestina». Con las promesas de Trump a Putin sin consultar a nadie y sin pedir contrapartidas, y con sus amenazas a Canadá y Dinamarca, vía Groenlandia, Trump ha conseguido obligar a los europeos a reconsiderar sus opciones: recomponerse entre ellos en modo autodefensa, quizá cooptando a Londres y Ottawa; plantearse estrechar relaciones con China; reconectar de alguna manera con Rusia; o, finalmente, contentarse con servir de bufones en la corte del rey Donald.

Sea cual sea la opción -y la experiencia nos dice que los países europeos tienen enormes dificultades para ponerse de acuerdo sobre lo que quieren-, el edificio de la UE corre el riesgo, como mínimo, de perder piezas.

Incluido el primer caso, porque una re compactación contra un acuerdo ruso-estadounidense podría provocar la defección de Hungría, tal vez de Eslovaquia y Rumanía, y sin duda poner en vilo a muchos otros.

Por no hablar del riesgo de una aceleración de la tendencia electoral prorrusa en toda Europa, especialmente si el descabellado mito de que Rusia había ganado la guerra con Ucrania se afianzara, como ya parece estar haciéndolo.

(Por cierto -y sin duda tendremos que volver sobre esto-, ya he escrito que, acabe como acabe la guerra en Ucrania, Rusia proclamará la victoria, y Trump podría ayudar a su amigo del Kremlin, recibiendo a cambio quizá una invitación a las celebraciones del 9 de mayo en Moscú. Pero eso no significa que Rusia haya ganado. Rusia perdió esta guerra en febrero de hace tres años, y ningún truco diplomático, ideológico o mediático puede anular este hecho).

El futuro de Taiwán

En el frente Indo-Pacífico, las cosas se complican por la inexistencia de un foro común como el que existe entre los países europeos, pero esto también podría ser un acelerador de todas las dinámicas.

Si Washington abandona a Ucrania a su suerte - «Ucrania puede que un día sea rusa», dijo Trump el 10 de febrero, añadiendo inmediatamente «o puede que no»-, en Japón, India, Corea del Sur, Filipinas, Vietnam, Indonesia, Australia y Nueva Zelanda se notaría que la palabra de Washington ya no vale nada, y su protección frente a China aún menos.

Todos se verían obligados a correr para ponerse a cubierto, aunque la paleta de opciones sería diferente para cada país, con inevitables desavenencias internas para todos. Pero en Tokio y Seúl, para empezar, lo más probable es que la adopción de un arma nuclear encabezará la lista de posibles opciones. Y muchos se verían obligados a ponerse del lado de China, para no alejarse ante la falta de alternativas.

Pero, para seguir en la región, no olvidemos que, durante su primer mandato, Trump solía mostrar a su consejero de Seguridad Nacional, John Bolton, la punta del gran marcador con el que firma sus decretos diciéndole que ahí estaba el destino de Taiwán. Trump lo decía por fanática megalomanía, y seguramente ignoraba que la hipótesis de un «G2» entre los dos países más poderosos del mundo, capaz de poner a raya a todos los demás, circula en EEUU desde hace décadas, y sigue circulando hoy.

En conclusión: sabiendo que Trump es el único capaz de desmentir a Trump, sería prudente mantener los nervios a raya, dejar de declararse sorprendido o desconcertado, y no dejarse llevar por las prisas.

Aunque sólo sea por la banal razón de que empezar a imaginar nuevas arquitecturas sobre la base de afirmaciones que mañana podrían ser sustituidas por afirmaciones en sentido contrario se corre el riesgo de llegar a decisiones que quedan obsoletas antes incluso de que se lleven a la práctica.

Lo único cierto es que nada de lo que parecía seguro en el pasado lo es ya, y que aquellos cuya tarea era garantizar un último resto de orden son ahora los principales instigadores del desorden. En otras palabras: aunque Trump se viera obligado a retractarse de todo lo que ha dicho en las últimas semanas, ya lo ha dicho, y la pérdida de credibilidad de Estados Unidos parece ya definitiva.

A lo largo de la historia moderna, la «estabilidad hegemónica» ha significado esa fase de orden internacional parcial y temporal garantizada por una potencia capaz de 1) escribir las reglas para todos, 2) hacerlas cumplir para todos, y 3) asumir una mayor responsabilidad que todos.

Hoy, la potencia que ha garantizado la estabilidad hegemónica durante los últimos ochenta años es la primera en hacer caso omiso de las reglas que ella misma ha escrito y se desentiende de todas sus responsabilidades. Esto nos indica que la fase de orden internacional, aunque parcial y transitoria, iniciada en 1945 está llegando a su fin. Y el precio más alto, podemos estar seguros, lo pagará el propio Estados Unidos.

Ver, L’età del caos

Del Substack de Stefano Feltri, Appunti, 17 de febrero de 2025

Deje un comentario

Los comentarios de nuestros lectores (1)

Bertha Recalde 29.03.2025 Personalmente no comparto las opiniones del escritor ya que no tiene un tono imparcial...casi casi q me suena a que lo escribió un demócrata. Por acá todo bien, esperando que algunos corruptos realmente paguen por todo el despilfarro y malversación de los fondos y contribuciones de los ciudadanos.