Justicia, Paz, Integridad<br /> de la Creación
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El niño y el violín

Newsletter Missionari Comboniani 27.07.2023 Equipe dei Missionari Comboniani Traducido por: Jpic-jp.org

Érase una vez un hombre que tenía un hijo único. Cuando el hombre murió, el hijo se quedó solo en el mundo. No tenía muchas propiedades: sólo un gato y un perro, un pequeño terreno y unos cuantos naranjos. El chico regaló el perro a un vecino y vendió la tierra y los naranjos. Todo el dinero que obtuvo de la venta lo invirtió en un violín. Cuento popular brasileño que anticipa el dicho, mejor la música para bailar que la guerra para matar.

Había anhelado un violín toda su vida y ahora lo deseaba más que nunca. Mientras su padre vivía, podía contarle sus pensamientos a su padre, pero ahora no había nadie a quien contárselos, excepto el violín. Lo que su violín le respondía era la música más dulce del mundo.

El muchacho fue a buscar trabajo como pastor para cuidar las ovejas del rey, pero le dijeron que el rey ya tenía muchos pastores y no necesitaba otro. El muchacho con el violín que traía siempre consigo fue a esconderse en lo más profundo de una selva.

Allí empezó a tocar una dulce música con su violín. Los pastores que vigilaban las ovejas del rey oyeron los dulces acordes, pero no supieron quién tocaba. También las ovejas oyeron la música. Varias de ellas abandonaron el rebaño y se adentraron en la selva siguiendo el camino de la música. Lo siguieron hasta que llegaron donde el niño, el gato y el violín.

Los pastores se inquietaron mucho al ver que sus ovejas se perdían en la selva. Fueron tras ellas para traerlas de vuelta, pero no pudieron encontrar ni rastro de ellas. A veces parecía que estaban muy cerca del lugar de donde procedía la música, pero cuando se apresuraban en esa dirección, oían los acordes de la música procedentes de un punto distante en dirección opuesta. Temían perderse, así que desistieron desesperados.

Cuando el niño vio cómo las ovejas acudían a escuchar su música, se sintió muy feliz. Su música ya no era dulce y triste como la que tocaba cuando estaba solo. Cada vez era más gozosa. Al cabo de un rato, se puso tan alegre que el gato empezó a bailar. Cuando las ovejas vieron bailar al gato, también ellas se pusieron a bailar.

Pronto, un grupo de monos pasó por allí y oyó el sonido de la música. Inmediatamente se pusieron a bailar. Parloteaban tanto ellos que casi ahogaban la música. El niño amenazó con dejar de tocar si no podían ser felices sin ser tan ruidosos. Después de eso, los monos se pusieron menos ruidosos.

Al cabo de un rato, un tapir oyó el alegre sonido. Inmediatamente, sus patas traseras de tres dedos y las delanteras de cuatro, empezaron a danzar. No podía dejar de danzar, así que él también se unió al desfile de niño, gatos, ovejas y monos.

A continuación, fue el armadillo quien oyó la música. A pesar de su pesada armadura, no pudo resistirse y también tuvo que bailar. A continuación, una manada de pequeños ciervos se unió a la compañía. El oso hormiguero vino enseguida y bailó con ellos.

También llegaron el gato montés y el tigre. Las ovejas y los ciervos se asustaron mucho al verlos, pero no pudieron hacer nada más que seguir bailando. El tigre y el gato salvaje estaban tan contentos bailando que no se fijaron en los animales que los rodeaban. Las grandes serpientes enroscadas con sus enormes cuerpos en los troncos de los árboles, deseaban tener patas con las que bailar ellos también. Los pájaros intentaron bailar, pero no podían usar bien las patitas y tuvieron que renunciar y seguir su vuelo. Todos los animales de los bosques y selvas que tenían patas para bailar se unieron al corteo.

La alegre compañía siguió deambulando hasta que, finalmente, llegaron al alto muro que rodea la tierra de los gigantes. El enorme gigante que montaba guardia en la muralla se rio tanto que casi se cae del muro. Los llevó inmediatamente ante el rey. El rey también se rio tanto que casi se cae del trono. Su risa hizo temblar la tierra. Nunca antes la tierra se había estremecido ante la risa del rey de los gigantes, aunque muchas veces había oído su voz airada en el trueno. El pueblo no supo qué pensar.

Ocurre que el rey del país de los gigantes tenía una hija, hermosa y gigantesca que, pero, nunca reía. Siempre estaba triste. El rey había ofrecido la mitad de su reino a quien pudiera hacerla reír, y todos los gigantes habían hecho sus trucos más divertidos para ella. Ni una sola vez habían conseguido arrancarle una sonrisa.

«Si mi hija puede evitar reírse cuando vea este espectáculo tan divertido, me daré por vencido y me comeré mi sombrero», dijo el rey del país de los gigantes al ver a la alegre persona tocando el violín y a la asamblea de gatos, ovejas, monos y todo lo demás bailando al son de la música. Si el Rey de los gigantes hubiera sabido bailar, habría bailado él mismo, pero fue una suerte para la gente de la tierra que no supiera hacerlo. Si lo hubiera hecho, no se sabe lo que le habría pasado a la tierra.

Así las cosas, llevó a la pequeña banda al palacio de su hija, donde ella estaba sentada rodeada de sus sirvientas. Su adorable rostro estaba de lo más triste. Cuando vio el gracioso espectáculo, su expresión cambió. La sonrisa de felicidad que el rey del país de los gigantes siempre había deseado ver se dibujó en sus hermosos labios. Por primera vez en su vida se le oyó reír de una risa alegre. El rey del país de los gigantes estaba tan contento que creció una legua y nadie sabe cuánto engordó. «Tendrás la mitad de mi reino», le dijo al niño, «tal como prometí si alguien hacía reír a mi hija».

El muchacho reinó desde entonces sobre la mitad del reino de los gigantes como príncipe de esa tierra. Nunca tuvo la menor dificultad para conservar su autoridad, pues los gigantes más grandes obedecían de inmediato su más mínima petición si les tocaba su violín. Los animales permanecieron tanto tiempo en la tierra de los gigantes que se volvieron animales gigantes, pero el muchacho y su violín siempre permanecieron tal y como eran al llegar a la tierra de los gigantes.

Véase, Oral Literature. The Boy and the Violin

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